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18:53h. jueves, 23 de septiembre de 2021

Carta abierta a la Sra Virginia Espinosa, en nuestra seccion Cartas al Director.

Una seguidora de la Pagina nos envía la siguiente carta dirigida a la Concejal de Fiestas del Municipio de Santa Cruz de la Palma  Sra. Virginia Espinosa.

Parte I.

 

cartas-director (1)
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Carta abierta a doña Virginia Espinosa, Concejal de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma.

Estimada señora Espinosa, me dirijo a usted porque cada vez que he llamado a la Policía local para quejarme del volumen de la música proveniente de la calle, para saber la duración de la misma (a fin de hacerme una idea de cuánto tendría que soportar todavía), y, sobre todo, para preguntar quién la había autorizado, me han respondido invariablemente que la Concejalía de festejos, con lo cual doy por sentado que la responsable directa es usted. Y aquí, antes de seguir adelante, he de añadir que, tras agradecer resignadamente la información facilitada, preguntaba también si no habría manera de que, no obstante, se acercara alguien al lugar para pedir que bajaran el volumen de la musiquita, puesto que era evidente que esta, con autorización o sin ella, molestaba enormemente al vecindario, y de ahí el motivo de la llamada (que, como me dirían en más de una ocasión, no había sido la única recibida por el mismo asunto). A lo que el agente o la agente que me atendía respondía que ellos no podían hacer nada, que eso habría que tratarlo con la citada Concejalía.

Así, pues, doña Virginia, de la misma manera que usted autoriza tales eventos sin tener en cuenta, aparentemente, a cuánta gente puedan molestar, como si cualquier clase de festejo siempre fuera bien recibido por todo el mundo, yo le pregunto, para centrarnos en el tema que nos atañe, con qué derecho permite que haya una actuación musical cada dos sábados (la de un cantante con guitarra y música enlatada, para más señas) en la terraza de La Cuatro. Música en vivo y a un volumen desproporcionado, dado que no se trata de ambientar un estadio o una sala de conciertos, que la disfrutan cuatro gatos (normalmente clientes asiduos que acudirían igualmente al local, con música o sin ella) y la sufren cuatrocientos o más, puesto que el sonido penetra descaradamente en todos los hogares de los alrededores. O lo que es lo mismo, ¿por qué he de interrumpir la lectura o cualquier otra cosa que esté haciendo en casa de nueve a doce de la noche cada quince días? ¿Por qué he de cerrar puertas y ventanas para protegerme de un ruido invasor y desquiciante que, de todos modos, alcanza hasta el último de los rincones? ¿Por qué he de soportar calladamente esa tortura que me amarga la existencia durante tres horas seguidas, que me llena de indignación y me hace maldecir la hora en que alguien vino a autorizar semejante tipo de actuaciones en la vía pública y fuera de determinadas fechas festivas?

Me imagino que es gratificante ir de persona enrollada por la vida, abierta a esta clase de eventos artísticos que benefician por igual a músicos y empresarios; que debe de estar muy bien eso de autorizar las mentadas actuaciones en la terraza de un local cuyo interior no reúne las condiciones adecuadas para ello, saltándose olímpicamente (cosa que he de averiguar todavía) la normativa que tal vez lo prohíbe. Pero esa complacencia respecto al dueño o los dueños del susodicho local se convierte en un castigo y un tormento para quienes preferimos quedarnos en casa. También entiendo, por otra parte, que a mayor volumen de sonido, menos conversación y mayor consumo de alcohol, que es al fin y al cabo de lo que se trata, como en las discotecas. Pero el problema es que la vía pública no es una discoteca, y que nadie tiene por qué soportar en contra de su voluntad el ruido de la musiquita contratada por La Cuatro o los locales adyacentes. Musiquita, por otro lado, que siempre es la misma, y así, a fuerza de oír una y otra vez el mismo repertorio y en idéntico orden de "aparición", se termina por odiar del primero al último de los temas interpretados, que, en consecuencia, se convierten a su vez en verdaderos elementos de tortura acústico-psicológica. Así y todo he de admitir que estas musiquitas tienen su público y sus seguidores incondicionales, ya que cada uno tiene sus propios gustos, como yo tengo los míos (y en mi caso particular, dicho sea de paso, preferiría que hubiera más actuaciones de jazz en Santa Cruz, donde contamos con tan buenos músicos, si bien eso ya es una cuestión aparte). De modo que vale, que siga la música, pero no en la vía pública y a esos niveles de sonido, que es justamente lo que debemos evitar en bien de todos.

Pero esto que le cuento sobre la esquina de La Cuatro se hace extensible, como usted bien sabrá, a la calle del Bar Melo, otro establecimiento con ínfulas de salón de baile que también ofrece actuaciones musicales en su interior y en la terraza, estribando la diferencia en que ahí lo que a mi entender suena es pura pachanga; pachanga pura y dura a toda castaña (de esa que ahuyenta, por ejemplo, a quienes no pretenden sino tomar unos churritos tranquilamente con los sobrinitos sin desgañitarse en el intento), con lo cual es de suponer que los sufridos vecinos de esa otra zona han de estar la mar de contentos. Y bien pensado, casi que debería de sentirme dichosa de que no suene también la mentada pachanga donde yo vivo, porque de lo contrario creo que terminaría saltando por la ventana en una de esas, o yéndome una vez más, como en tantas ocasiones he tenido que hacer (especialmente cuando los eventos han durado ¡hasta las dos y las tres de la mañana!), a pasar la noche a un apartamento de Los Cancajos.

 

Natalia Abreu.