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05:27h. lunes, 06 de diciembre de 2021

Cruces y Joyas...Por Cecilia Álvarez González.

Nuevo artículo de nuestra editora Cecilia Álvarez González en nuestra seccion Palabras Hilvanadas.

                                  CRUCES Y JOYAS

Cecilia Álvarez

   Al hilo de la celebración, el día tres de mayo, del Día de la Cruz, quisiera sumergirme en  el significado que este día tenía en mi etapa adolescente y la forma en que entonces lo vivía, dejando a un lado las interesantes interpretaciones que sobre esta celebración podemos encontrar en los hechos históricos-religiosos, así como sociales, que la anteceden y justifican.

   Me inclino por rescatar de mi memoria ese día de Cruces adornadas y enramadas que marcaban algo especial para mí, tomando como referencia el municipio de Breña Alta, testigo de mi juventud.

   No era un día cualquiera ese día de la Cruz. Suponía emprender con mis amigas de infancia un largo recorrido que nos haría participar de una tarde festiva en la que el cansancio que se iba acumulando siguiendo el camino que nos llevaba a las diferentes cruces, lo contrarrestábamos con nuestras animadas charlas y el ansia de llegar al final del trayecto, como si de una prueba de resistencia se tratara.

   Nuestra peregrinación comenzaba poco después de almorzar, la única forma de poder culminar nuestro cometido y regresar a nuestros hogares antes del anochecer. La primera parada se encontraba cerca de nuestras casas, la llamada Cruz de la Laja del Barranco y a partir de ahí, nos esperaba un camino, literalmente cuesta arriba, que terminaba en San Isidro, donde se encontraba la Cruz de La Pavona, situada en lo más alto del trayecto y a escasa distancia de donde empiezan los primeros árboles de la cumbre. Llegar hasta allí era nuestra meta, haber conseguido nuestro objetivo y sentir que habíamos vencido nuestro cansancio.

   Pero, ¿por qué mi título? ¿Por qué Cruces y joyas? Ignoro si esta circunstancia estaba presente en otros municipios de la isla o en otras islas de nuestro archipiélago o si se trata de algo arraigado sólo en Breña Alta. Lo cierto es que estas cruces a las que aludo se caracterizaban por estar adornadas con joyas, que cubrían cada rincón de la cruz, y que, previamente, se revestía de una tela blanca sedosa. Sobre ella, las joyas (cadenas, medallas, pendientes, broches…) lucían de forma esplendorosa y suponía un motivo añadido para realzar la belleza que las mujeres del lugar se habían propuesto para engalanarla, a lo que se sumaban las incontables flores colocadas a su alrededor y a sus pies, que hacía de cada cruz una indiscutible obra de arte.

   Las joyas pertenecían a las vecinas, rescatadas de madres, abuelas y bisabuelas que guardaban celosamente esas alhajas, como recuerdo de tiempos en que las joyas suponían un privilegio que pocas mujeres se podían permitir y que, en la mayoría de los casos, eran un complemento que traían de vuelta aquellos emigrantes nuestros, de mediados del siglo XX, que se hicieron a la mar hasta Venezuela, en busca de un futuro que encontrar a su regreso a La Palma.

   Adornar las cruces con joyas, era una particular manera de otorgarle a la cruz el mejor de los homenajes, pero también llevaba consigo una hermosa y entrañable tradición. La noche anterior al Día de la Cruz, ésta era custodiada, a modo de vigilia, por gran número de vecinos, que se acomodaban en torno a la cruz en pequeños bancos, o cualquier soporte que sirviera para sentarse. Se ofrecía respeto a la cruz, pero también era una forma de salvaguardar las joyas que la acompañaban, aunque lo más importante de todo era, sin duda, esa tertulia trasnochada que duraba hasta el amanecer y que suponía un motivo de encuentro y satisfacción para todos los vecinos, en la que siempre reinaba la alegría.

   Sirva mi artículo de sincero reconocimiento a todas esas personas que siguen realizando la mágica tarea de guardar nuestras tradiciones. ¡Va por ustedes!

 

Fotografía de la cruz de Calafata cedida por Francisco Javier Rodríguez Magdalena.