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05:17h. lunes, 06 de diciembre de 2021

La Mesa.....Por Cecilia Álvarez González.

Nuevo articulo de nuestra editora Cecilia Álvarez González en nuestra sección Palabras Hilvanadas.

LA MESA.

Cecilia Álvarez

   Tras una concienzuda meditación sobre el estado en que se encuentra, había que ir pensando en cambiarla por otra. Ya tiene sus años y, a veces, al limpiarla, se percibe el suave ritmo que sus patas llevan a cabo, seguramente porque, al paso de los años, casi nada está como debería estar.

   Había imaginado qué otros modelos podrían encajar en aquella decoración indeterminada: tal vez una de cristal, de metacrilato, de madera y mármol…Quizá una de forma rectangular con bordes dorados, cuadrada sin bordes, simplemente redonda…Mejor, alguna de línea sofisticada para romper la monotonía, una de líneas atrevidas,  de esas que, al abrir la puerta a alguien, se notara su mirada fulgurante sobre el pasivo mueble. Una que hiciera olvidar a la gente para qué subió cuatro pisos y tocó el timbre de mi puerta. Pero de pronto, aquella mesa se rebeló contra mí, se defendía afanosamente para no ser sustituida por otra o, lo que es peor, acabar siendo un mueble inútil en ninguna parte.

   Como si de una película se tratara, empezaron a pasar por mi mente, casi de forma involuntaria, una serie de secuencias donde aparecía siempre alguno de mis hijos. Me hizo recordar todo lo que han jugado sobre aquel armazón de madera. Allí aparecía el mayor, haciendo un maratón de boliches de colores que seguían la forma circular de la mesa. Ha sido el soporte de las primeras tartas, de los primeros cumpleaños, cuando doce meses no daban para mayores mesas. Y fui recordando cuántas velas se han ido encendiendo y acumulando a través de los años, pero siempre sin perder la costumbre de sentarse en torno a ella.

   Allí se apoyó el primer biberón cuando cada sorbo de leche se convertía en aventura. Allí rechazaron la primera cucharada de fruta batida cuando todavía no entendían que el biberón no lo era todo en la vida. Allí han escrito sus primeras cartas de amor cuando, en realidad, sólo decían, con trazos indefinibles, “mamá”. Han pintado hasta la saciedad y han hecho de la mesa un mural. Más que una mesa, ha sido un poco de todo: es la historia de la casa. Será por eso que ha adoptado cierto aire matriarcal. Sobre ella, una planta espera su turno para lucirse y unos ceniceros, que repudian la ceniza, se ha convertido en el fácil recipiente del envoltorio del chicle, del caramelo que no gusta o de las virutas que los lápices de colores van dejando tras una tarde de entretenimiento. ¡Pues qué faena! No podré cambiar de mesa. Ha podido conmigo. Siento que rechazarla sería como romper con mis hijos. La cuna se ha guardado, los biberones también, pero ella sigue allí. Pensándolo mejor, aseguraré sus patas, le daré brillo a su madera y esperaré pacientemente hasta que aprenda a asumir el paso de los años, hasta que la propia vida vaya ganando la partida a la nostalgia y la melancolía.